Una cosa es la crítica y otra, muy distinta, la ofensa. El ejercicio periodístico exige analizar los acontecimientos, revisar los hechos y plantear argumentos sustentados, no recurrir a la descalificación. En ese sentido, el reciente texto de García Soto contra Rocío Nahle abre una interrogante sobre las razones que estarían detrás de una ofensiva que rebasa, por su tono, el terreno de la crítica.
Uno de los elementos que parece incomodar a sus detractores es el reconocimiento que la presidenta Claudia Sheinbaum ha expresado hacia la gobernadora de Veracruz, a quien calificó como “supergobernadora”. Ese respaldo político representa, para quienes esperaban un escenario distinto, una señal de la cercanía que mantiene Nahle con la presidenta y de la confianza depositada en su gestión.
La realidad es que quienes apostaron a que Rocío Nahle no podría con el encargo tuvieron que reconocer que sus pronósticos no se cumplieron. Después, algunos esperaron que surgiera una distancia con Palacio Nacional. Nuevamente, sus expectativas no correspondieron con lo ocurrido. Nahle ha mantenido el reconocimiento de la presidenta Sheinbaum y del expresidente Andrés Manuel López Obrador, además del respaldo que ha encontrado entre sectores de la población de Veracruz.
La gobernadora no ha recorrido un camino sencillo. A lo largo de su trayectoria ha tenido que sortear cuestionamientos, intrigas y adversidades, y hoy enfrenta nuevamente una ofensiva desde el terreno mediático. Sin embargo, las críticas forman parte del debate público y pueden ser legítimas cuando se sustentan en argumentos y hechos; lo que resulta cuestionable es convertir la descalificación personal en sustituto del análisis periodístico.
En este escenario, la pregunta sobre quién está detrás de los ataques contra Rocío Nahle permanece abierta. Lo cierto es que una crítica puede cuestionar decisiones, resultados o actuaciones de una funcionaria, pero no necesita recurrir a la ofensa para hacerlo. La diferencia entre ejercer periodismo y participar en una campaña de descrédito está precisamente en la capacidad de argumentar, comprobar y sostener lo que se afirma.

