Todo lo que genera estatus y privilegios suele terminar convertido en fetiche, es decir, en un objeto al que se le atribuyen poderes extraordinarios o al que se rinde una devoción excesiva. En el caso de la visa estadounidense, esta condición parece dividir a los mexicanos entre quienes la consideran un símbolo de éxito y quienes la desprecian como un documento prescindible. Sin embargo, la realidad se encuentra lejos de ambos extremos: una visa es un instrumento de movilidad y, como tal, adquiere verdadero significado dentro de la compleja relación entre México y Estados Unidos.

Para los anexionistas de derecha mexicanos, carecer de una visa estadounidense parece representar una desgracia o incluso una pérdida simbólica de nacionalidad. En el extremo contrario se encuentran los autárquicos aislacionistas del siglo XXI, para quienes este documento puede ser visto como algo extraño, prescindible y tóxico. Ambos planteamientos convierten a la visa en un objeto cargado de significados que van mucho más allá de su función práctica. Como ocurre con relojes, trajes, zapatos, bolsas, automóviles, pasaportes y otros objetos elevados por el marketing a pruebas de éxito personal, la visa puede terminar convertida en una expresión de estatus.

No existe una cifra pública exacta sobre el número de mexicanos que actualmente poseen una visa estadounidense vigente. Sin embargo, el texto plantea una aproximación a partir de algunos datos disponibles: si para aspirar a este privilegio se requiere contar primero con un pasaporte mexicano, existen alrededor de 13 millones de mexicanas y mexicanos con posibilidad real de obtenerla, considerando que 10.3 por ciento de la población posee un pasaporte mexicano vigente, de acuerdo con información pública de la Cancillería. Si se toma en cuenta una tasa histórica de rechazo de 20 por ciento a solicitantes mexicanos, el cálculo permitiría estimar hasta 10.4 millones de personas con visa estadounidense vigente, aunque también existen estimaciones que ubican la cifra entre seis y ocho millones.

La pregunta, entonces, es qué ocurre con los aproximadamente 120 millones de mexicanos que no cuentan con una visa estadounidense. ¿Son parias, descastados o apátridas? La respuesta depende de la visión que se tenga sobre la relación entre nacionalidad, movilidad y estatus. Entre la globalización irrestricta y la autarquía economicista existe una alternativa basada en la interdependencia entre naciones y pueblos, cuyos ejes son la colaboración, la cooperación y la coordinación. Esta perspectiva no exige tener visa, sino visión. Tres décadas de libre comercio, con sus aciertos y errores, han generado una dinámica económica y social que vincula a los estados del sur de la Unión Americana con los del norte de México, conformando una población y un mercado de 113 millones de personas que interactúan diariamente.

En esa franja de interdependencia, la visa deja de ser un fetiche social o político para convertirse en una herramienta de movilidad dentro de una relación entre dos naciones soberanas. México es el país donde más residentes estadounidenses hay en el mundo, mientras que Estados Unidos representa 80 por ciento de las importaciones mexicanas, según los datos planteados en el texto. Por ello, reducir la relación bilateral a la posesión o ausencia de una visa significa perder de vista una realidad mucho más amplia. Y si una visa es cancelada, queda también la posibilidad de viajar a más de 110 países que reciben a los mexicanos únicamente con su pasaporte, recordando que la dignidad y la pertenencia a una nación no dependen de un documento migratorio.

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